Desencadenado
Aún no me acostumbro a la idea de la libertad. Me acostumbré a someterme a tus juegos, reglas y manifiestos. Una y otra vez colgué mi dignidad en el espacio pequeño y desnudo que me regalaste con la intención de ser tuyo eternamente. Hasta que llegó el silencio y se rompió la vasija. Siempre usaste las palabras más filosas, en cambio yo tragaba hondo e intentaba razonar tu ira. Y así exigí detener el viaje. Agarré mis bártulos con mi dignidad y me eché a andar.
Han pasado varias noches y mi piel aún huele a ti, a veces te extraña, pero mis espacios recuerdan el olor a reglas y cadenas y prefieren extrañarte desde la libertad.